Son las cinco y treinta de la tarde y camino por la Avenida Corrientes frente al Obelisco bonaerense. Las calles del centro están inundadas por una lluvia de papeles que cae de los rascacielos neoclásicos. Documentos de oficina descienden de las ventanas como las palomas de la Plaza de Mayo. Facturas de teléfonos, informes contables y recibos de caja alcanzan a percibirse entre los picadillos.
-Deberían lanzarse ellos mismos, increpa una brasileña ofuscada.
-Los extranjeros no comprenden lo que esto significa, le escucho responderse para sí a una revistera.
Hoy es el último día de labores del año en la zona más agitada de Buenos Aires. Los miles de porteños que a diario se internan entre las entrañas del metro subterráneo y se desperdigan como hormigas en las oficinas financieras, catalizan así su protesta al sistema que los subsume. Es el otoño del capitalismo; uno a uno se inunda la Avenida Corrientes, la 9 de Julio y la Avenida de Mayo. Camino sin prisa y una hoja doblada cae sobre mi bolsillo.
-Nos vemos en el café Tortoni. Jorge Luis B.
Apenas lo leí aumenté mis pasos. Una vitrina ofrece tres cd`s de tango clásico por diez pesos y un hombre me enseña la camiseta original de Messi. Pero no me detengo. Atravieso la peatonal frente al omnibus. Se escucha una canción desesperada de Aníbal Troilo. No podía detenerme ante el baile de los indígenas ecuatorianos que danzaban vestidos con cuero y plumas de cóndores. Ni ante la colección de arte del Clarín, con las obras de Kandisky. Ni mucho menos frente a las vitrinas de libros de segunda que ofrecían copias originales de la primera edición de Cien años de soledad. En la esquina, una pareja de indigentes jóvenes y enamorados se besan, como protagonizando “11 y 6” de Fito Páez. En cada piedra de Buenos Aires se esconde un relato, pienso mientras avanzo de prisa.
Doblé la esquina del Tortoni. Antes de la puerta de madera rústica me esperaba una fila, encabezada por gringos que apenas balbuceaban el nombre del escritor. Sabía que llegaría tarde. Luego de un rato, un mozo abrió ante mis ojos el portón y me ubicó en la única silla libre.
-Tengo una cita con Borges esta tarde, le informé.
-Ya se marchó, me respondió con cortesía.
-Pero, cómo es posible, apenas recibí su mensaje vine de inmediato y de eso no habrán pasado cinco minutos.
-Pero llegó cincuenta años tarde, señor.
-¿Y Alfonsina Storni, la has visto por allí?
-Dejó un mensaje para usted señor:
-”Te esperaré con paciencia en el valle reposado del azul profundo”. El mozo leyó la misiva, la puso sobre la mesa y se alejó en silencio. En el Tortoni todo es ficción, pensé. Sabía que el mozo me mentía y que Jorge Luis me jugaba una mala pasada. Pedí jamón crudo con queso y papas a la española que acompañé con café. Cortázar caminaba del otro lado de la calle.
Luego de un rato, llamé al mesero y pedí la cuenta. Se quedó mirándome y se sorprendió.
-Ché, colombiano, ¿sabías que en ese mismo lugar se sentó hace algunos meses el Rey de España?
De inmediato me incorporé. Estaba indignado, ¡dejan entrar a cualquiera aquí!, me dije en silencio. No esperé el cambio, caminé hacia la puerta y abandoné el Tortoni. ¡Mierda!, Borges no da espera, pensé mientras caminaba hacia Rivadavia.
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